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| En el colegio de Santa Bárbara |
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El joven navarro ingresó en un colegio relativamente moderno, el de Santa Bárbara, como alumno interno, uno más entre los quinientos que estudian allí, la mitad externos. Durante cinco años cursará sus estudios de Humanidades y Artes, obteniendo en 1530 el título de Maestro en Artes, que usará toda su vida: Maestro Francisco, le llamarán con frecuencia. Luego inició el Doctorado en Teología y, a la vez, durante seis años fue profesor de Filosofía en el colegio de Beauvais.
Los estudiantes se dividían en tres clases: los camaristas, que pagaban por una cama y la manutención; los becarios, que recibían ayuda del Colegio; y finalmente los fámulos, o criados, que para costearse los estudios servían a los profesores o alumnos ricos. Javier, conforme a su condición de noble, tomó como criado a otro estudiante navarro, Miguel de Landívar, natural de Pamplona.
Es difícil imaginar hoy la disciplina, la austeridad y aun la pobreza casi monacal que reinaba en estos Colegios Mayores. Las aulas no tenían bancos ni sillas. Los alumnos se sentaban en el suelo, cubierto de una capa de heno que mitigaba el frío en el invierno y daba frescor en verano.
El traje de estudiante constaba de jubón acuchillado, casaca, bombachos que se ceñían bajo las rodillas, medias, una toga o sotana abierta sujeta por la cintura y bonete.
Las clases duraban más de nueve horas al día entre lecciones, repeticiones, disputas y demás. La enseñanza, según criticaba Luis Vives, que estudió en París poco antes de llegar Javier, pecaba de memorista, formalista y de otros muchos defectos.
La vida en París era bulliciosa y a veces violenta, sobre todo en el Barrio Latino donde se agolpaban los 50 colegios que componían la Universidad.
Las rivalidades entre colegios degeneraban a menudo en riñas y peleas, en las que no faltaban a veces muertos. La Corte Real de París llegó a amenazar a los Colegios Mayores, especialmente al de Navarra y al de Santa Bárbara, con grandes penas si no se prohibía dentro de éstos la celebración de juegos y farsas escandalosas.
El joven estudiante navarro se adaptó perfectamente a la vida de París. "Aquí todos se me hacen amigos", escribirá Javier a su hermano Juan. De hecho, al principio de su estancia en la ciudad, sus preocupaciones fueron más bien poco espirituales y se dedicó a aprovechar las numerosas ocasiones de diversión que la gran urbe ofrecía a alguien de su edad y condición.
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Vista general de la Sainte Chapelle y el Palacio de Justicia, levantado en el antiguo Palacio Real |

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Puerta del Colegio de Santa Bárbara |
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