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El impacto de la vida y la obra de San Francisco Javier fue impresionante en la Iglesia y en la sociedad de su tiempo. Cuando todavía vivía, sus cartas se expandían por Europa como un reguero de pólvora, leídas por papas y reyes, difundidas en colegios y universidades por los jesuitas o empleadas en sermones de cualquier iglesia.
El paso del tiempo sólo sirvió para realzar su figura y acrecentar su influencia. Su fama de santidad era evidente en todo el Oriente nada más morir. Fue beatificado en 1619. El 12 de marzo de 1622 el papa Gregorio XV lo proclamó santo con otros tres españoles (San Ignacio de Loyola, Santa Teresa de Jesús y San Isidro Labrador) y un italiano (San Felipe Neri). Fueron los santos de la Reforma Católica y del Barroco.
San Ignacio y San Francisco Javier fueron las dos columnas, los dos modelos sobre los que se basó la imagen de la Compañía de Jesús, a pesar de contar con muchos otros santos y beatos.
San Francisco Javier es el santo más estudiado y conocido. Más de 3.000 artículos, trabajos y libros se han publicado sobre su persona. Los libros referidos a él o relacionados con su persona superan el millar.
La fama y la devoción que suscitó San Francisco Javier se plasmó en el arte. Desde genios de la pintura y escultura como Zurbarán, Murillo, Gregorio Fernández, Martínez Montañés, Goya o Van Dyck, hasta humildes artistas locales lo eligieron como tema de cuadros e imágenes, sin olvidar grabados o estampas. Todas estas representaciones son fruto de encargos e indican la extensión de su influencia, desde centros de poder hasta lugares perdidos.
El calado profundo de San Francisco Javier se midió también en un hecho singular: fue el único santo de los tiempos modernos que consiguió convertir un apellido y un nombre de lugar, como era Javier, en un nombre de persona. El deseo de imitarle llevó a usar su nombre completo como nombre de pila a partir del siglo XVIII. Francisco de Javier pasó a ser Francisco Javier en todo el mundo y en multitud de lenguas.

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